Una fría tarde de invierno, en el café mas antiguo de mi pequeña ciudad, en la ultima mesa visible, me encontré con el.
Sin pensarlo me acerque, y muy bajito le dije “me puedes prestar tu servilletero”, el asintió y yo volví a mi lugar.
Desde aquel día, todos los días hacia el mismo ritual, entraba, miraba que estuviera, pedía mi café y al rato iba a pedirle su servilletero.
A los pocos años me marche del pueblo, estuve de aquí para allá mas de 3 años, cuando volví al primer lugar donde mire fue allí, y ahí me lo encontré en la ultima mesa visible del café mas antiguo.
Entre, y me tome un café. “seguro que se ha olvidado de mi” pensé. Pero cuando quise alzar la vista lo tenia delante mío, tan extraño como siempre.
“Hace años te espero en el mismo lugar de siempre, hace años que no le presto a nadie mi servilletero, hace años que mi corazón suspira por una taza de café a tu lado, y todos los días me preguntaba, porque jamás la invitaste a nada?” todo esto me lo dijo sin respirar. Me quede atónita, y lo invite a sentarse.
A partir de ese momento todo fue siguiendo su curso. Nos conocimos, nos enamoramos, nos casamos, vivimos felices en una pequeña casa alejada de la gente, y envejecimos juntos.
Cuando el enfermo, mi mundo desapareció, me pasaba todo el día en el hospital. Pero un día me pidió un café de aquel lugar, cuando acabamos el café me dijo una frase que se quedo grabada en mi corazón, “te amare mas allá del fin de los tiempos, princesa”.
Después de esto se marcho, pero me dejo algo en el recuerdo, ese olor a café que tanto lo caracterizaba.
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